Un día, cuando era estudiante de secundaria, vi a un compañero de mi clase caminando de regreso a su casa, se llamaba Kyle. Lo vi que llevaba cargando todos sus libros y pensé: “¿Por qué alguien se lleva a su casa todos los libros en viernes?, tiene que ser un nerd”. Yo, en cambio, hice planes para todo el fin de semana (fiestas y un juego de fútbol con mis amigos el sábado por la tarde), así que encogí mis hombros y seguí mi camino.
Mientras caminaba, vi a un montón de chicos corriendo hacia él. Le tumbaron todos sus libros y le metieron zancadilla y se cayó a la tierra. Vi que sus anteojos volaron y cayeron en el pasto como a tres metros de él. Miró hacia arriba y pude ver una tremenda tristeza en sus ojos. Mi corazón se estremeció, así que corrí hacia él mientras gateaba buscando sus anteojos, vi lágrimas en sus ojos, le acerqué a sus manos sus anteojos y le dije: “Esos chicos son unos tarados, no deberían hacer esto”. Me miró y me dijo: “¡Hey, gracias!”. Había una gran sonrisa en su cara, una de esas sonrisas que mostraban real gratitud. Le ayudé con sus libros y le pregunté dónde vivía, vivía cerca de mi casa; le pregunte por qué no lo había visto antes y me contó que se acababa de cambiar de una escuela privada, nunca antes había conocido a alguien de una escuela privada.
Caminamos a casa, le ayudé con sus libros y me parecía un buen chico, le pregunté que si quería jugar fútbol el sábado conmigo y mis amigos y aceptó, nos juntamos todo el fin de semana y mientras más conocía a Kyle, más bien me caía a mí y a mis amigos también. Continuar leyendo…