Murió el padre y los dos hermanos, uno soltero y el otro casado, heredaron la granja que, con el trabajo de ambos, producía abundante grano que los hermanos repartían a partes iguales. Pero llegó un momento en que el hermano casado se despertaba todas las noches sobresaltado y se ponía a pensar: “No es justo. Mi hermano no está casado y se queda con la mitad de la cosecha. Yo tengo mujer y cinco hijos que me cuidarán cuando sea viejo, pero él no tiene a nadie. Por ello, necesita ahorrar mucho para cuando ya no pueda trabajar”. Con este pensamiento, que no le dejaba dormir, se paraba de la cama e iba a su granero, llenaba un saco de su trigo y lo llevaba en sigilo al granero de su hermano.
Pero sucedió que también el hermano soltero empezó a despertarse por la noche y a pensar: “No es justo que mi hermano, que tiene mujer y cinco hijos se quede sólo con la mitad de la cosecha, pues él necesita mucho más que yo”. Y con este pensamiento, se levantaba de la cama y llevaba un saco de su grano al granero de su hermano.
