Recuerda la historia de aquel místico sufí que, después de un día de hambre, fatiga y frío, empezó a darle gracias a Dios por haberles dado “un día tan maravilloso”. Al oír esto, sus embravecidos compañeros se pusieron a murmurar entre ellos y a quejarse fastidiados del cinismo de su maestro. Al rato, uno de ellos, no pudiendo contener su ira, le dijo:
-No puedo creer que tu oración sea sincera. ¿Cómo puedes llamar maravilloso un día tan horrible y hasta darle gracias a Dios por él?. ¿Dónde está lo maravilloso? No hemos comido, estamos agotados, nos han despreciado donde hemos buscado alojamiento y vamos a pasar la noche muertos de frío.
-Verás, -replicó el místico con paciencia-, lo que necesitamos esta noche es hambre, pobreza, frío. Si no lo necesitáramos, Dios no nos lo habría dado. ¿Cómo no vamos a estar pues agradecidos? El siempre se preocupa por nuestras necesidades.
